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Una autocrítica a los movimientos juveniles

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Por: Uzziel Becerra

El día 12 de agosto fue reconocido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como el Día Internacional de la Juventud. En torno a su celebración pudimos observar que los movimientos y liderazgos jóvenes se regocijaron al celebrar un día en el que sus ideas y pensamientos pueden ser transmitidos con más fuerza que otras fechas. Sin embargo, debemos hablar del otro lado de la moneda cuando de movimientos juveniles, liderazgos y políticos jóvenes se trata, pues no en todos los casos hay éxito o solidez de los movimientos que se encabezan por diversas razones.

Primero consideremos los datos duros: Inegi reconoce como población joven a aquellas personas entre los 15 y 29 años. En el país hay aproximadamente 30.7 millones de jóvenes, de los cuales 50.9% son mujeres y el 49.1% restante son hombres. Así, uno de cada cuatro mexicanos pertenece a las juventudes. Guillermo Santiago, director general del Instituto Mexicano de la Juventud (Imjuve), durante su discurso en conmemoración del Día Internacional de la Juventud reconoció que 42.4% de la población joven se encuentra en pobreza, es decir, 16.2 millones de jóvenes mexicanos.

El estudio de Alianza Jóvenes con Trabajo Digno arrojó que 63% de los jóvenes mexicanos con empleos formales no cuentan con un contrato estable, además el 51% no cuenta con seguridad social. Lo preocupante es que a 8 de cada 10 jóvenes empleados no les alcanza para la canasta básica de al menos dos personas; diversos estudios indican que incluso tener una licenciatura no garantiza un empleo con remuneración suficiente para el sustento personal ni familiar. Asimismo, hay cerca de 3 millones y medio de jóvenes desempleados.

Ante los desalentadores indicadores sobre las juventudes en nuestro país, se han levantado diversos movimientos y liderazgos juveniles en el país, tanto en la política como en el deporte, la academia, las artes, así como grupos dedicados a combatir problemáticas muy específicas: los problemas medioambientales, la pobreza, el trabajo digno, entre otras. Las juventudes se asocian y organizan de forma colectiva para incidir. Sin embargo, esto trae aparejado el problema de la colaboración generacional. El rango de edades de 15 a 19 años contempla a las generaciones millennials y los recientemente integrados de la llamada generación Z.

Los estudios generacionales indican que se pueden observar y estudiar tendencias generales de las personas que nacieron entre 1980-1995 y del año 1994 al 2010, Millennials o generación “Y” y los Centennials o generación “Z” respectivamente. Los primeros nacidos en el desarrollo global y el tránsito hacia la cuarta revolución tecnológica con el avance de las TIC, y la segunda inmersa en la digitalización del mundo y sus necesidades. Lo anterior trae consigo la compleja labor de asumir demandas y necesidades diferenciadas: los primeros buscando oportunidades laborales, inclusión social y política, la garantía de sus derechos, mientras los segundos la completa digitalización e interacción-respuesta inmediata de sus necesidades y procesos esenciales (desde la alimentación, transporte, comunicación, vestimenta e identidad digital), creando aplicaciones y herramientas digitales para satisfacerlas; los primeros ven en las TIC una herramienta a la cual deben explotar, mientras los segundos ven a la tecnología como parte inherente a su condición humana; unos buscando con nostalgia las condiciones heredadas por la modernidad y los otros interiorizando la dinámica de la posmodernidad a ultranza.

En torno a la vida digital ocurre un fenómeno interesante y preocupante a la vez, el cual ha sido nominado como filtro burbuja o auto-referenciación digital, el cual consiste en que las redes sociales e internet interactúan absorbiendo y procesando los datos y búsquedas para canalizar los gustos, preferencias y necesidades de sus usuarios, produciendo que solamente observen aquella publicidad, notas y anuncios que le agraden o estimulen. De esa forma, las personas viven en una burbuja informática de la que no toman consciencia, lo cual tiene repercusiones en la reproducción ideológica de las personas: solo observan, escuchan y leen aquello que quieren ver, oír y leer. En este terreno no existe lugar para la falsación ni constatación de los hechos, su interpretación está definida de antemano.

Debido a este sesgo auto-referencial, los liderazgos jóvenes que tienen como base la interacción en redes sociales, los llamados “influencers”, conviven en una fragilidad y volatilidad de sus relaciones interpersonales a las que Zygmunt Bauman llamó relaciones líquidas. Así, los liderazgos jóvenes son frágiles cuando se sienten ofendidos por una reacción en Facebook que no les favorece, o entristecidos cuando su publicación no tiene los likes suficientes. Lo anterior es preocupante cuando estos liderazgos o movimientos pretenden ocupar cargos públicos.

En la Cámara de Diputados se reflexionó sobre la necesidad de legislar una Ley General de las Juventudes, así como la posibilidad de otorgar cuotas político-electorales para los jóvenes en el legislativo. Y, aunque no pretendemos objetar la intencionalidad de incluir a las juventudes en la deliberación pública, sí debemos realizar una autocrítica o introspección: ser joven no garantiza tener la capacidad para resolver los complejos problemas públicos; no es sinónimo de profesionalismo, eficiencia, capacidad, preparación o idoneidad. A decir verdad, pocos son los jóvenes políticos que reúnen estas cualidades y el liderazgo suficiente para incidir.

Quienes somos jóvenes, debemos realizar una profunda reflexión sobre nuestras propias iniciativas, personales y colectivas. La sola voluntad, el activismo, la iniciativa y las propuestas que realicemos no serán fructíferas si no van acompañadas con conocimientos técnicos y de vanguardia, suficientes para

interpretar la compleja realidad y responder de forma adecuada, concreta y efectiva a las necesidades de nuestro tiempo. Para lo anterior, en efecto, necesitamos jóvenes comprometidos con la educación, la lectura, el diálogo abierto y plural, la cultura, el estudio serio, la profesionalización de sus actividades y la competitividad, y no basados solamente en la apariencia, los likes y las burbujas digitales.

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