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La Santa Muerte en el Callejón del Diablo

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Leticia Villaseñor

Cuernavaca, Mor., 1 de nov.- Detrás de una cortina roja una novia con un traje percudido parece dar la bienvenida al visitante. Le acompañan una serie de encapuchados con túnicas rojas, negras, de colores, y unas tres parejas de novios con un cordón rojo amarrado por la cintura de ambos. Es la Santa Muerte, temida y adorada.

Cuando “El Jaguar” decidió consagrar su vida a la santería, al manejo de las energías, se casó con la Santa Muerte y fue una mujer quien le regaló el vestido.

El profesor, como le llaman sus allegados, salió de su natal Veracruz, allá en Catemaco, a probar suerte en otras tierras. Fua así como llegó a tierras revolucionarias, a la tierra de Zapata, donde se topó con el famoso Callejón del Diablo.

Según la leyenda, durante el saqueo y conquista de Hernán Cortés en la entonces Cuauhnáhuac provocó la ira de los tlahuicas, quienes una noche lo persiguieron; a punto de darle alcance, el español llegó al tramo referido y su caballo “Rucio” prácticamente voló sobre la barranca de Amanalco unos 5 metros.

Ahí surgió la leyenda del callejón del Diablo, donde El Jaguar, varios siglos más tarde, encontró la guarida perfecta.

Previo a su llegada, se casó con la santa Muerte, por eso la imagen que está en su taller está vestida de tal forma. Eso ocurrió hace más de una década. Hace unos seis años, nos explica su esposa carnal, Candela, candelita de la Candelaria, una mujer le pidió “el favor” al maestro y logró casarse por la iglesia con su amor; en agradecimiento la mujer le regaló un vestido de novia nuevo.

La imagen es del tamaño real de una persona con la hoz característica al lado. Alrededor hay un ejército de imágenes suyas de diversos colores y cada uno representa un don o un poder; el negro, por ejemplo, la muerte, el verde la salud y la roja para el amor.

La de color hueso, dice Candela, no pide nada y es universal, es la que da la fuerza la salud el bienestar, el trabajo el dinero, el amor, el porvenir, si fumas con ella o le pones un poco de ron y le haces una petición, ella te la va a cumplir, asegura.

“No todo es malo con la Santa Muerte, lo que tú le pidas te lo dará, si tú le pides que se lleve la vida de alguien pues lo hará pero no condiciona sus favores a cambio de nadie”, explica.

La Santa Muerte, que no está reconocida por ninguna secta religiosa pero que habla de ella el mismo libro del Apocalipsis, está asociada con la gente del crimen, de la delincuencia organizada, sin embargo, la esposa del Jaguar revela que en realidad es San Judas, el santo de las causas imposibles, el verdadero santo del crimen, ya que sus fieles son en su mayoría, personas vinculadas a la delincuencia.

El día en que se celebra a la muerte no es el 2 de noviembre, sino el 18 de agosto, pero no está de más ponerle su altar tradicional en estas fechas. Candela coloca sólo las flores de Cempasúchil para formar el camino, velas, miel e incienso pero hasta los primeros minutos del día 2 de noviembre se le pone una copa de ron, cigarros y manzanas, porque es el fruto prohibido.

A manera de cielo o techo, se disponen tres velos, uno morado que representa el manto de Cristo, otro amarillo que protege de las envidias y por último el negro que es el representativo del luto.

Pero a la par de la ofrenda a la Santa Muerte, a unos cuantos metros de ahí, sobre la calle de Madero, está el bazar de Ramses, que el centro de operaciones del Jaguar.

En una vitrina, además de varios santos empotrados en la fachada, como el del niño ciego sangrante, San Antonio, a ese al que hay que pedirle un novio y ponerlo de cabeza, se encuentra San Lázaro, al que revivió Jesús, y que dicen los entendidos de las artes ocultas, también se le relaciona con Babalú-Ayé.

Esta deidad africana representa las afecciones de la piel, las enfermedades contagiosas, especialmente las venéreas y las epidemias en el ser humano. Es el santo más venerado de tierra Arará, en África occidental.

Tiene el aspecto de un invalido, minado por un mal deformante, de piernas retorcidas y espinazo doblado, deidad de la viruela, la lepra, y en general, de las afecciones de la piel, y que se dice, trabaja con los muertos.

Pues bien, en la vitrina de aquel bazar hay una imagen de tamaño real, calvo, barba blanca y abundante, harapos, con muletas y vendajes, así como diversas pústulas en todo el cuerpo y unas sencillas sandalias.

El piso está lleno de pétalos de cempasúchil, con vasijas, sahumerios y varios cráneos, en blanco y negro. Tampoco el 2 de noviembre es el día de esta deidad, es el 17 de diciembre, pero los especialistas en estas artes no quisieron ignorar la fecha y por respeto, dicen, le pusieron su ofrenda.

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