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La lección feminista: 8M y 9M

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Por Uzziel Becerra

La lucha por la reivindicación de derechos laborales en Nueva York en 1908 fue el inicio del Día Internacional de la Mujer, mismo que ha movilizó al mundo el día de ayer. Hoy, el 8M ha demostrado que el movimiento feminista está dispuesto a tambalear todos los peldaños en los que está montado nuestro sistema patriarcal, desde lo público hasta lo más recóndito de las relaciones entre privados, exigiendo el cese a la violencia de género en todas sus manifestaciones, preparando en México un desenlace interesante en términos históricos, al convocar a un paro nacional de mujeres que busca visibilizar la necesidad de atender con apuro las causas de la lucha de género y dándole al ciudadano una lección importante sobre cómo formarse como sociedad civil organizada y recordándole su papel en esa lucha.

Contrario a la celebración de una fecha relevante, en realidad el 8 de marzo de 1908 aconteció uno de los episodios más violentos contra las mujeres, en el contexto de la lucha sindical, la búsqueda de la igualdad salarial y el aminoramiento de la jornada laboral. 129 mujeres fueron asesinadas tras incendiarse la fábrica Cotton, en Nueva York, Estados Unidos, al haber entrado en huelga permanente en su lugar de trabajo. Fueron víctimas de la violencia de género en virtud de que sus demandas eran específicas para mujeres, pues no existía igualdad salarial entre hombres y mujeres, tampoco una jornada laboral o condiciones de trabajo dignas. El dueño de la fábrica decidió ordenar el cierre de las instalaciones y aconteció el terrible feminicidio. A partir de entonces, desde 1909 hasta la fecha se ha conmemorado este evento como el inicio de un grave problema de género.

El día de ayer se manifestó en todo el mundo el poder femenino, al teñirse los espacios públicos de color morado y verde, morado en la reivindicación de las causas feministas y verde por la búsqueda en la aprobación del aborto legal y seguro para todas las mujeres. En realidad ninguna de las causas se entiende por separado, puesto que tienen relación al sostener que la mujer es autónoma, tomando decisiones sobre su cuerpo de forma libre y ejerciendo libertad en su decisión de gestar o no a otro ser humano.

A las manifestaciones no las detuvieron ni las agresiones policiales de gobiernos de corte autoritario como en Pakistán, Kirguistá, Indonesia, Tailandia o en el propio Chile, en el que se reunieron más de 2 millones de mujeres; ni la crisis sanitaria a causa del Coronavirus (Covid-19) en países como España, pues se hizo resonar la frase “El patriarcado mata más que el coronavirus”, lema que utilizaron incluso en el País Vasco, promoviendo de forma lateral la unidad en torno a una crisis política.

Y es que esta no fue como otras marchas, ayer no hubo acarreados que no supieran cuál es el motivo de la convocatoria, o que buscaran evadir ser entrevistados por las cámaras para ocultar su propia ignorancia, sino que las mujeres alzaron las voz

en todos los frentes, pues todas han vivido la violencia de género: familiares de las víctimas de feminicidio, denuncias públicas por acoso sexual, laboral y en virtud de género, violencia intrafamiliar, violaciones, abusos, la cosificación de la mujer, la explotación sexual, y un sinfín de acontecimientos violentos que han sido forzados a permanecer en la marginalidad gracias a la desatención del Estado.

En las entidades de la República Mexicana replicaron con éxito la marcha convocada por el movimiento feminista; no hubo lugar a distinciones por causa de origen ni de condición socioeconómica, puesto que en cuanto a violencia de género desaparecen clases sociales, diferencias estructurales, contextos personales, patrimoniales, generacionales, etc. Niñas, adolescentes, jóvenes, adultas y ancianas se hicieron presentes para manifestarse, realizando un verdadero acto de resistencia y de proposición, visibilizando cada una desde su experiencia personal el enorme reto que implica combatir la violencia de género, la cultura machista y el sistema patriarcal en el que está constituido todo lo anterior. En Cuernavaca, Morelos, se reunieron aproximadamente mil mujeres que marcharon desde Tlaltenango al Zócalo de la Ciudad para exigir al gobierno del estado que atienda los feminicidios y la violencia de género.

En la Ciudad de México se reunieron entre 80 y 100 mil personas. Los principales monumentos históricos fueron protegidos por el gobierno local ante la amenaza de que fueran vandalizados durante la manifestación y no solo eso, sino que se buscó dificultar el acceso a la explanada del Zócalo Capitalino. Aunque se presentaron algunas escenas de violencia contra monumentos y paredes de la zona, ello no justifica que la marcha no fuera un éxito o que no tuviera la legitimidad social necesaria para continuar impulsando causas.

Y es que quienes critican sin matices las marchas y protestas impulsadas por las mujeres no deben olvidar que, en el fondo, es una lucha por la vida misma. Los monumentos históricos y culturales pueden ser restaurados y volver a instalarse, en cambio, la vida de una persona, nunca jamás. Precisamente estas manifestaciones deben ser leídas siempre a la luz de los hechos: en México son asesinadas 10 mujeres en promedio por razones de género, es decir, se cometen 10 feminicidios de los cuales tan solo 3 de cada 100 son esclarecidos y llegan a recibir una condena. El caso de Ingrid Escamilla y el de la menor Fátima estremecieron a la opinión pública y desataron el descontento e indignación nacional, buscando que el Estado Mexicano respondiera ante la gravedad de tales crímenes.

Aunque el gobierno de Obrador se haya pronunciado a favor de las movilizaciones de mujeres para este 8 de marzo y el 9 de marzo, reconociendo el público el derecho a disentir y a manifestarse, no hay compromiso institucional ni voluntad política del presidente para reconocer la gravedad de la violencia de género, tampoco hay urgencia de atender a las víctimas de la misma. Lo que hay son adiciones, reacciones a los humores sociales que hoy ya lo posicionan con 10 por ciento debajo en cuanto a aprobación, y precisamente el sector que ha roto la luna de miel entre los electores y el presidente han sido las mujeres. Y tiene sentido, puesto que las mujeres hoy no pueden tolerar un Ejecutivo que vilipendie sus causas o que busque minimizar su dolor; menos aun que pida públicamente la reconciliación de una mujer víctima de amenazas contra su vida con su agresor en plena conferencia mañanera.

Ahora sigue el llamado a silenciarse e inmovilizarse. El paro del 9 de marzo servirá como un referente para visibilizar el grave problema de la violencia de género, haciéndonos ver la ausencia de la mayor parte de la población en México, buscando que los hombres reflexionemos sobre precisamente su ausencia, en el contexto de que a muchas mujeres se les ha quitado la oportunidad de regresar a sus clases, a su casa, su trabajo o a su rutina diaria solamente por ser mujer. Asimismo, busca dimensionar que en nuestra dinámica social la mujer cumple el papel sine qua non del desarrollo de las actividades productivas en el ámbito público y privado. Sin mujeres nadie se mueve.

De esa forma el movimiento feminista nos ha dado una valiosísima lección en términos de sociedad civil. Debemos aprender de su movimiento la capacidad para establecer una agenda concreta de principios y acciones, formas de organización a distintos niveles y escenarios, un sólido fundamento teórico respecto a la interpretación del problema público, que en este caso es la violencia de género con todas sus variantes, y un llamado amplio, plural y abierto a la integración de todos los segmentos sociales, sin distinción de raza, edad, clase social ni lugar de origen.

Debemos reconocer que hay poco conocimiento de lo que implica el movimiento feminista o de la interpretación de la dominación patriarcal en nuestra cultura. Superficialmente podemos mencionar que el feminismo de primera generación luchó por el reconocimiento de derechos políticos y civiles, siendo un movimiento sufragista. La segunda generación o segunda ola feminista luchó por la igualdad sustancial o de facto en los ámbitos laboral, familiar y de derechos sociales. La tercera ola ha buscado primordialmente el reconocimiento de los derechos sexuales como el aborto y la identidad del género. Los inicios de nuestro siglo XXI han hecho al movimiento feminista renovar su agenda (algunas hablan de una cuarta ola en gestación), recuperando a la mujer como sujeto político, impulsando la paridad, la participación política y el combate de las nuevas desigualdades. No está vinculado de forma alguna con la destrucción del hombre, sino que busca erradicar la cultura machista y patriarcal que les aísla, las vulnera y violenta.

En tal sentido, también urge reconocer que el Estado ha sido superado en sus capacidades para garantizar las condiciones de seguridad para las mujeres. El respeto y garantía de los derechos fundamentales es el aspecto sustancial de todos los Estados Democráticos de Derecho; si no hay garantía de derechos fundamentales, el Estado no cumple a cabalidad sus funciones y objetivos primordiales. En un país como el nuestro, donde el derecho a la vida digna y a la integridad de la persona son vulnerados todos los días en números alarmantes, no

podríamos objetar el fondo de las protestas sociales y, en última instancia, el ejercicio del derecho a la resistencia civil y derecho de rebelión por parte de las mujeres.

Por último, debemos asumir la corresponsabilidad del binomio autoridades-ciudadanos en la consecución de la erradicación de la violencia de género. Aunque la lucha es impulsada por las mujeres, los hombres debemos entender nuestro papel en el combate a todas las formas de machismo, aunque nos hayamos formado bajo ese paradigma, en virtud de lo cual la lectura, reflexión e introspección de la vida diaria serán nuestras mejores herramientas. La reflexión sobre nuestra propia condición humana, la construcción de nuestra cultura patriarcal y sus manifestaciones, la violencia estructural, simbólica y las desigualdades en virtud del género son necesarias para generar una nueva forma de convivencia social entre géneros. Es urgente que las instituciones y las personas podamos redefinir nuestra dinámica; mientras no logremos tal objetivo, las marchas y manifestaciones feministas seguirán cumpliendo un papel pedagógico, enseñándonos, evidenciando y visibilizando problemas de género que para nosotros, los hombres y las instituciones por nosotros diseñadas en el pasado, son imperceptibles, aceptadas o consentidas.

* Consejero Universitario de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Secretario de Asuntos Políticos en el Colegio Nacional de Ciencias Políticas y Administración Pública Sección Morelos. Representante del CEA de la Asociación Mexicana de Ciencias Políticas en Morelos.

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