Por Carlos Tercero

Desde hace meses, pero con una intensidad extraordinaria desde hace cinco o seis semanas, en lo público y lo privado, de manera oficial y extraoficial, e incluso con un interés que trasciende nuestras fronteras, los análisis políticos y socioeconómicos en torno al proceso electoral concurrente que considera no solo la elección presidencial sino la jefatura de gobierno de la Ciudad de México y ocho gubernaturas, así como un enorme número de puestos de elección popular y representación proporcional, ocupa tiempo y esfuerzo de instituciones, empresas y personas dedicadas a la elaboración de análisis y de prospectiva social, económica e igualmente política, pues la decisión que el pueblo de México tome el 2 de junio, evidentemente, determinará el rumbo del país y su papel geopolítico en el contexto continental y mundial.

Adicionalmente, en este proceso electoral, se ha abusado, como nunca, en el uso mediático por parte de distintas candidaturas y sus equipos de campaña, de encuestas y estudios demoscópicos de poca seriedad y rigor metodológico, cuya intención y función principal, es la de incidir en la percepción del electorado, tema que no debiera continuar sin la atención e intervención normativa tanto del INE como de los organismos y órganos jurisdiccionales en materia electoral, pues los ejercicios estadísticos no pueden seguir siendo una herramienta de mercadotecnia predispuesta a influir en las preferencias electorales, cuya eficacia reside en modificar la percepción y transformarla en realidad degradándose en ese momento para dejar de ser herramientas demoscópicas y convertirse en propaganda pagada para motivar o desmotivar al elector, según sea el caso, sobre todo en el bloque de los indecisos, que en casos extremos representa hasta un tercio del universo muestra.

Algo que ha modificado el tema de las encuestas en los últimos años, es sin duda, el uso cada vez más recurrente del tracking (encuesta de tendencias electorales) por medio de consulta telefónica robotizada, que incluso en los casos de apego a una metodología formal, una supervisión de la aplicación exclusiva a la población de estudio y un tamaño de muestra representativo, dejan fuera a quienes su circunstancia de vida, no les da acceso a una línea telefónica, principalmente en las zonas más marginadas del país; sin embargo, el que no cuenten con el beneficio de la comunicación telefónica, no les excluye de votar y, por tanto, de tener una preferencia electoral y, es precisamente en esas zonas, donde el beneficio e impacto de los programas sociales es mayor. Por ello, en estos casos solo las encuestas, a través de entrevista personal domiciliaria, pueden considerar la tendencia de este enorme, lamentablemente, sector poblacional.

Las mejores encuestas, las serias, en muchas de las ocasiones ni siquiera se hacen del conocimiento público y son estas, las que los cuartos de guerra y coordinadores de campaña utilizan para la toma de decisiones y calibración de la estrategia a seguir. Queda claro que el análisis y la percepción, se convierten en elementos de una narrativa que se construye por dos vías: de manera orgánica y de manera inducida y es precisamente en este ejercicio de la inducción, donde se llega a casos extremos en los que candidatas y candidatos, sobre todo en algunas gubernaturas, presidencias municipales y espacios legislativos, se comienzan a creer sus propias encuestas, es decir, sus propias mentiras, hasta el momento del arribo irrevocable de la realidad.

Como parte de esta misma dinámica de análisis y prospectiva, comenzarán pronto a perfilarse los nombres de las posibles mujeres y hombres que acompañarán a la próxima Presidenta de México, adicionalmente a algunos ejemplos que van siendo notorios por su evidencia ascendente, como en los casos de Rosa Icela para SEGOB; García Harfuch a Seguridad y Protección Ciudadana; Juan Ramón de la Fuente en Relaciones Exteriores; Gabriel Yorio en Hacienda; el Gral. Trevilla en SEDENA o Lázaro Cárdenas Batel en PEMEX, todos ellos actores políticos con destacados méritos y capacidades, que en este momento son relevantes dentro de los análisis y prospectivas políticas sustentadas en información que se complementa con percepción y, por tanto definitivamente sujeta al cercano imperio de la realidad.

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