Foto: Yesenia Daniel

Por Leticia Villaseñor

Jojutla, Mor., 28 de septiembre.- Los ojos rasgados y vivarachos de Amor iluminaron la noche más que las veladoras encendidas en la plaza principal de Jojutla. Su cara infantil y la sonrisa dibujada revelaron un carácter fuerte pero a la vez amable y pícaro. Pero Amor no jugaba en la plaza ni su curiosidad la llevó a perseguir palomas o perros, sólo estaba presente en una fotografía. Amor fue una de las 17 víctimas mortales del sismo del 19 de septiembre en el municipio cañero.

Esta noche un centenar de vecinos de la cabecera municipal se dieron cita en la derruida explanada principal de la ciudad de Jojutla. Frente a las letras emblemáticas que forman el nombre de la ciudad colocaron una a una veladoras encendidas que tintineaban con las suaves ráfagas de viento acompañadas de una llovizna, como si la ciudad con ello volviera a latir.

Los niños volteaban a ver a sus padres, en busca de una mirada que los animara a seguir, con las veladoras entre las manos, primero un par de manitas pusieron sobre el suelo las flamas luego otras dos, por varios minutos, mientras se acomodaban los vecinos, los pabilos fueron encendidos hasta iluminar por completo aquel letrero, otros vecinos colocaron unas flores blancas y por último Aleida Romero, madre de Amor, colocó la imagen de la pequeña de tan sólo dos años dos meses de edad.

Consuelo Sánchez, una mujer de 62 años, cuidaba de su nieta Amor de Guadalupe. Su mamá Aleida salía a trabajar todos los días desde que la pequeña nació para llevar el sustento a la casa materna. La tarde del martes 19 la casa de dos pisos de doña Consuelo se vino abajo y entre los escombros quedaron los cuerpos de la bebé y de la abuela. La familia Romero tenía su vivienda sobre la calle 18 de Marzo en la colonia Emiliano Zapata, la más afectada en todo el estado y que empezó a ser derruida el pasado domingo.

En el acto convocado por la ciudadanía en la explanada no hubo voces ni dirigentes, sólo un hombre de fe que llevó el rosario improvisado. El clima dio tregua hasta que terminó el último Padre Nuestro y Ave María, entonces la llovizna se intensificó y el acto acabó en silencio pero entre aplausos.

De inmediato Aleida tomó la preciada fotografía enmarcada y la cubrió con sus ropas. Los asistentes, en su mayoría mujeres, no omitieron el detalle y varias de ellas se acercaron a abrazar a la joven mujer de carácter amable, tranquilo, suave, muy suave. Las lágrimas surcaron su rostro pero Aleida nunca perdió el control, abrazó a cada mujer, les enseñó orgullosa la fotografía y acarició con la punta del dedo índice el rostro de la pequeña y la miraba absorta por varios segundos.

Sólo entonces reveló que además de su pequeña también perdió a su madre en el terremoto que azotó al centro del país hace 10 días. «Sólo dios sabe por qué hace las cosas», dicho lo propio enjugó sus lágrimas y volvió a sonreír.