Rumbo a una presidencia demócrata en Estados Unidos

Por Uzziel Becerra

El entramado complejo de las elecciones en Estados Unidos ha ido concluyendo, resultando como virtual ganador a Joe Biden y Kamala Harris, logrando una victoria para el Partido Demócrata. De esa forma, Biden será el presidente número 46 de los Estados Unidos y Harris la primera mujer vicepresidenta del país. Entre los factores que posibilitaron la victoria demócrata se encuentran la crisis sanitaria y económica por el covid-19, una gran coalición de voto de castigo hacia Donald Trump, y el cúmulo de virtudes que reúnen los perfiles políticos de Biden y Harris. ¿Cómo ha respondido el gobierno mexicano a este triunfo y qué podemos esperar de un gobierno encabezado por el Partido Demócrata?

Aunque los medios de comunicación han adelantado el triunfo de Joe Biden, aún faltan algunas etapas para concluir y validar el proceso de elección. El 20 de noviembre se debe terminar el conteo en los estados que falten, tanto voto en papeletas como el voto por correo. Hasta antes del 8 de octubre se deben concluir las impugnaciones y reconteos necesarios, debiendo también resolver de forma definitiva cualquier controversia jurídica a nivel nacional. El 14 de diciembre se dará el resultado oficial, lo que determinará indudablemente al nuevo presidente de los Estados unidos para que el día 20 de enero del 2021 se pueda tomar protesta e inicie su periodo. Formalmente faltan etapas, pero, en los hechos, Biden logrará ocupar la Casa Blanca, sin lugar a dudas.

La lectura de este virtual triunfo demócrata se da en torno a la capacidad de las instituciones norteamericanas de recuperar la estabilidad democrática, que parecía perdida en el populismo de derecha impuesto por Donald Trump, que logró polarizar a la ciudadanía y agravar los niveles de desaprobación de las instituciones democráticas; si la democracia perdía rumbo, pudo retomarlo en esta elección. De esa forma, el triunfo de Biden puede tener efecto en los niveles de calidad de la democracia, al menos se visualiza como una oportunidad para fortalecer la democracia liberal, dimensión que sostiene aspectos fundamentales para su propia supervivencia, como la garantía de derechos humanos, la libertad de expresión, entre muchos tópicos clásicos de la democracia liberal. No obstante, la agenda norteamericana continúa intacta en sus objetivos más generales: la búsqueda de hegemonía, la intervención formal o de facto en la coyuntura global y la imposición de un liderazgo económico-comercial en occidente. Independientemente de los candidatos, de los mandatarios, la agenda norteamericana seguirá reproduciéndose con todos sus excesos y virtudes. No leerlo de esa forma resultaría ingenuo.

Entre las múltiples razones que convergieron para que Biden sea el presidente más votado en la historia de los Estados Unidos están: 1) el voto anti-Trump, es decir, aquel votante que decidió ejercer un voto útil contra el presidente Trump, un voto de castigo. El voto demócrata estuvo más orientado a sacar a Trump de la presidencia que subir a Biden a la Casa Blanca, una opción aceptable mas no deseada con ímpetu. 2) El respaldo en estados

clave: Pensilvania, Michigan y Wisconsin fueron los estados en los que el Partido Demócrata había perdido apoyo popular y logró recuperarse gracias al perfil de Biden, recuperando el voto blanco de la región.

3) La amplia coalición de votantes, registrando más de 74 millones de estadounidenses que votaron, siendo la participación más alta de la historia de E.U.A., puesto que logró unificar, por la dupla Biden-Harris, a la comunidad afroestadounidense, así como el voto latino que cuenta con ciudadanía, por la intención de mejorar el marco regulatorio de la comunidad inmigrante. De la misma forma, el voto femenino se hizo notar en esta amplia coalición, pues en la votación por género se observó una participación más elevada de mujeres que de hombres. Asimismo, se sumaron diversos medios de comunicación y revistas científicas, como la Scientific American, que pidió expresamente el voto para Biden ante “las mentiras de Trump sobre el covid-19 y su negación del cambio climático”.

4) Otro elemento fundamental para explicar el amplio triunfo de Biden es la incapacidad de respuesta gubernamental ante la crisis sanitaria global del covid-19, pues antes de que la pandemia tocara territorio norteamericano, Biden estaba inmerso en una dura batalla interna en el Partido Demócrata para conseguir su nominación, y una vez llegada la crisis, Biden supo transmitir un mensaje serio, contundente y fuerte para abordar la enfermedad, así como llamar a la empatía para las familias de las víctimas. Contrario al lenguaje testarudo y arrogante de Trump, minimizando las consecuencias del coronavirus y criticando el seguimiento que los medios de comunicación realizaban para documentar el impacto en la sociedad norteamericana, Biden logró ser la alternativa deseable para concluir con el desdén presidencial.

5) La dupla Biden-Harris en sí misma fue una gran estrategia de perfilación política, al combinar la sobriedad de Biden, su experiencia en el gobierno (una cara muy conocida) con la combinación de una mujer con una amplia trayectoria de protección de derechos, de ascendencia afroestadounidense y asiática. En sí misma, la dupla logró abarcar al electorado en todo terreno, desde la clase media norteamericana, la élite económica, la clase política, los adultos mayores, mujeres, incluso se presentó como una candidatura atractiva para el voto juvenil, por las causas que representa Harris. En suma, la dupla Biden-Harris cobró el efecto deseado, tanto por el Partido Demócrata como por la ciudadanía.

No obstante, los elementos anteriores, debemos señalar que Trump no perdió por completo el apoyo popular, puesto que logró al menos 214 votos del Colegio Electoral, razón por la que busca desacreditar los resultados e impugnar los procesos de votación a través de la Fiscalía General de los Estados Unidos. De antemano Trump había dado señales de que no reconocería un triunfo demócrata, por la controversia por la votación vía correo postal, mismo que podía enviarse varios días antes de la jornada electoral, como una decisión voluntaria e individual de cualquier ciudadano, circunstancia que el Partido Demócrata supo eutilizar a su favor, haciendo un llamado al voto desde la comodidad del hogar.

Con los resultados electorales en contra de Trump, el Fiscal General de Estados Unidos, Wiliam Barr, autorizó la apertura de investigaciones en torno a “acusaciones sustanciales” de presuntas irregularidades sobre las votaciones presidenciales, antes de que los resultados sean certificados y validados. En un memorándum, refirió que las indagatorias podrían realizarse “si existen alegaciones claras y aparentemente creíbles de irregularidades que, de ser ciertas, podrían afectar el resultado de una elección federal en un estado individual”, por lo que la decisión de tramitar las investigaciones depende de los fiscales en los estados, pero ordenó a los directores de departamento dar seguimiento a la investigación del fraude. En consecuencia, el director de delitos electorales del Departamento de Justicia Federal, Richard Pilger, renunció este lunes por la noche, tras la insistencia del Fiscal General para continuar investigaciones, señalando que la orden del fiscal Barr “deroga una norma de 40 años de no interferencia (federal) en investigaciones de fraude electoral durante el periodo anterior al de certificación de las elecciones”.

En efecto, la orden del Fiscal General es una exigencia del todavía presidente Trump, en búsqueda de fortalecer, desde las investigaciones, la batalla jurídica en los tribunales, buscando darle la vuelta al escrutinio en estados claves como Pensilvania, Georgia, Nevada y Arizona. El mandatario saliente ha interpuesto decenas de demandas en varios estados, denunciando supuestas irregularidades, pero sin anexar pruebas que sustenten dichos agravios, por lo que necesita el auxilio técnico de la Fiscalía. No extraña que los propios miembros de estas instituciones decidan separarse del cargo ante la presión del Ejecutivo.

Por otra parte, la negación del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, de reconocer públicamente la victoria de Biden se puede interpretar de dos formas, como precaución responsable y como una irresponsabilidad diplomática. En la primera versión, al no haber concluido completamente el proceso electoral, la prudencia de López le permite abstenerse de pronunciarse y recalcar que tiene buena relación con ambos personajes, respaldándose en la exigencia constitucional de no interferir en los asuntos de otros países. Sin embargo, respaldar la versión de esperar a que se resuelvan las impugnaciones hace que de facto asuma la posibilidad de que exista fraude en las elecciones, conforme lo ha construido en la narrativa el presidente Trump, tomando así partida en el conflicto.

En esta otra versión, ampliamente compartida por la opinión pública nacional en México, la irresponsabilidad diplomática se da porque uno de los principios de las relaciones internacionales (estables, duraderas y consolidadas) es el reconocimiento mutuo de la soberanía de las naciones y de los liderazgos políticos. En un proceso democrático, en el que Biden logró el consenso de todos los sectores de la vida pública estadounidense, incluyendo a los medios de comunicación, implica no reconocer al ganador legítimo. Incluso manifestó: “Nosotros padecimos mucho de las cargadas, de cuando nos robaron una de las veces la Presidencia y todavía no se terminaban de contar los votos y ya algunos gobiernos extranjeros estaban reconociendo a los que se declararon ganadores. Eso es lo que pasó en el 2006”, expresó el mandatario mexicano. Manifestar esa analogía apoya la narrativa de

fraude de Trump, al tiempo de poner en tela de juicio a los mandatarios de todo el mundo que ya han felicitado a Biden, con consecuencias previsibles en el corto plazo, puesto que Trump tendría que dejar la Casa Blanca en solo dos meses.

Ante la decisión individual, personal y política del presidente López Obrador de no reconocer el triunfo de Biden, las consecuencias previsibles giran en torno a la cooperación del gobierno norteamericano para mantener los acuerdos a los que había llegado Trump y Obrador, como la negociación en los conflictos por el agua en Chihuahua, el T-MEC o Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá, el respaldo global en el conflicto por los hidrocarburos, entre muchos otros. Si López Obrador no logra mantener una buena relación con el nuevo presidente de Estados Unidos, varios temas de agenda nacional podrían verse truncados contra la propia voluntad del gobierno mexicano. En tiempos de crisis sanitaria y económica global lo ideal sería mantener una relación de cooperación y reconocimiento mutuos, no obstante, la decisión preliminar ha sido sostener la posibilidad del fraude electoral, debilitando el escenario de entrada. Cualquiera que fuere el resultado, lo podremos visualizar iniciando el año 2021, año electoral también en México. ¿Los factores que hicieron llegar a Biden-Harris al gobierno podrán hacer eco en la percepción del electorado mexicano rumbo a las elecciones de junio 2021? Al tiempo.

*Consejero Universitario de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UAEM. Representante del CEA de la Asociación Mexicana de Ciencias Políticas en Morelos. Secretario de Asuntos Políticos en el Colegio Nacional de Ciencias Políticas y Administración Pública Sección Morelos.