Por Moisés Sánchez

Cuernavaca, Mor., 2 de noviembre. – Su grito rompe con la solemnidad de unos y la alegría de otros en el camposanto. Es un comerciante de adornos artificiales para las tumbas. Grita, camina entre los corredores de la muerte, intenta robar la atención y competir con sus colegas cuya mercancía es real.

“Más baratos que la muerte”, se oye mientras se aleja de las criptas y entonces las familias se acomodan en las tumbas. Recuerdan a sus muertos, montan mesas y colocan comida para degustar al lado de sus seres queridos, como les gustaba a ‘ellos’.

A la distancia se escuchan voces lejanas acompañadas de guitarras y tambora, son corridos y melodías cuyas letras desbordan melancolía, añoranzas y dolor en el alma. Esa canción, esa letra, el tono, todo se mete en la cabeza de las familias que festejan a sus muertos.

“…Como quisiera, ay

Que tú vivieras

Que tus ojitos jamás se hubieran

Cerrado nunca y estar mirándolos.

Amor eterno…”, entona el grupo.

Esa melodía es una de las mas solicitadas por las familias, según el guitarrista de un grupo de un cuarteto, que recorre los pasillos del panteón La Paz. Es la canción que arranca suspiros, evoca recuerdos y provoca del llanto.

Aquí en uno de los camposantos más antiguos de Cuernavaca El Día de muertos permite a las familias recordar con intensidad a sus difuntos y transformar los panteones. Los pasillos se abarrotan de vendedores y cantantes que ofrecen piezas 50 pesos o la oferta de tres por 100.

En la entrada y en algunas partes de los camposantos, como en el de La Paz, en la colonia Chipitlán, los vendedores de veladoras, latas y flores de cempasúchil emprenden una guerra de precios; ofertan sus productos a precios que van de los 5 hasta los 25 pesos y gritan como si estuvieran en un tianguis.

En la colonia Carolina, centro de Cuernavaca, el panteón de La Leona también luce abarrotado de vendedores pero resalta la presencia de panteoneros provisionales, que con un chaleco fosforescente y una cartulina pegada en la espalda con la leyenda “Le limpio o le arreglo su tumba”, anuncian sus servicios.

Ángel Delfino Lagunas Manzanares, de aproximadamente 60 años, trabaja desde hace un año como panteonero los días 1 y 2 de noviembre pero no pone precio a su trabajo, está sujeto a la voluntad de las personas, afirma.

“Nada más vengo a trabajar en estos días. El resto del año soy comerciante de artículos para el hogar. Hoy ya hice varias tumbas, como unas 10 y estaré aquí como hasta las 6 de la tarde”, contó.

 

La tradición de Día de muertos es centenaria, conjunta los ritos religiosos prehispánicos y las fiestas católicas luego de la conquista de los nativos en América. Esas circunstancias le valieron a la festividad ser declarada en 2003 por laUnesco como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.

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