Por Moisés Sánchez

Cuernavaca, Mor., 2 de noviembre.- Alejandro Vélez tiene 71 años y desde que tiene memoria cuida dos tumbas y una capilla en el panteón La Leona de Cuernavaca, donde reposan los restos de su familia ancestral “Estas tumbas son de 1899 y siempre han sido de la familia; es importante recordar a los parientes, pero con alegría, yo siempre vengo con alegría”, dice entre risas.

En esas criptas, situadas en el centro del camposanto son de las más antiguas y, según contó Alejandro, han pasado más de 29 personas en ellas. En esta ocasión Alejandro acudió con un par de sus hermanos a visitar la tumba de sus padres y el sitio de otro hermano que murió hace poco.

“Siempre estamos pendientes de la capilla, teníamos temor de que el terremoto la hubiera dañado, pero no, esperamos que dure bastantes años más”, cuenta.

Entre los pasillos, algunos más reducidos que otros, la gente no llora. Visita las tumbas, algunas son el hogar de ex gobernadores y ex alcaldes, y durante horas el flujo de visitantes no para porque llegan con palas, cubetas, flores, veladores y copal.

“Toda la vida los vamos a recordar. Vengo a ver a mis padres, hermanos y también a mis abuelos. No morirán mientras los recordemos”, asegura Alejandro.

El 2 de noviembre, como cada año para celebrar el Día de los fieles difuntos, los panteones en México cambian radicalmente. Sus pasillos se atiborran de personas y pétalos incalculables de flor de cempasúchil.

Instalados como si estuvieran en un parque, las familias visitan a sus familiares muertos, ponen sillas, mesas, llevan de comer, ponen música o compra canciones por 50 pesos, pero en ningún momento se les ve tristes: recuerdan el pasado y hablan de los arreglos que hay que hacer a las tumbas.

Para Alejando Vélez Castillo, de 71 años, y cuyos familiares moran en el panteón La Leona, en la colonia Carolina, el Día de muertos sirve para dos cosas: mantener en la memoria a los parientes y continuar con una centenaria tradición.

Esta tradición es centenaria, conjunta los ritos religiosos prehispánicos y las fiestas católicas luego de la conquista de los nativos en América, lo que le valió a la festividad en 2003 ser declarada por laUnesco como Obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad.

Alejando Hernández cree que es importante mantenerla y aunque en esta ocasión sus hijos y esposa no pudieron acompañarlo, asistió para ver a su padre y madre quienes murieron hace 20 y 8 años, respectivamente.

“Les rezo un poco y suelo venir unas cuatro veces al año, pero mis hijos cuando no trabajan y cae en día libre vienen conmigo, hoy vengo sólo”, contó.

Además la tradición está tan arraigada en las personas que hasta adornan y visitan a familiares ajenos, como Enrique Torres, quien después de adornar y limpiar las criptas de sus familiares, hizo lo mismo en la del padre de una amiga, quien emigró a otro estados hace tres años.

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