Por Antonella Ladino

En estos campos y sus albergues temporales nadie conoce al hombre obeso vestido de rojo. No saben quién es. Tampoco hay preparativos para recibir el año nuevo porque para los hombres y mujeres que trabajan en los cortes de caña de azúcar los días corren sin avisar.

Son hombres que trabajan jornadas superiores a las ocho horas por un pago semanal de aproximadamente 800 pesos, de los cuales 500 son destinados para su comida y 300 los deposita para familiares que viven en comunidades indígenas del estado de Guerrero. Los jornaleros agrícolas no reciben aguinaldo y sus hijos tampoco esperan regalos de Santa Claus.

Provienen de comunidades indígena de los estados de Guerrero y Puebla con manos y rostros ajados por el trato rudo del corte. Sus diestras blanden afilados machetes que surcan los aires antes de impactar las elevadas varas dulces. La mayoría da cuenta de su experiencia al cortar en automático las cañas y después las arrojan a un costado para juntar sus montones y después llevarlos al camión de traslado.

Cada año llegan a Morelos alrededor de 14 mil jornaleros de los cuales 10 mil 500 trabajan en la cosecha de hortalizas y 3,500 en la zafra. El 90 por ciento de los jornaleros provienes de pueblos del estado de Guerrero, el ocho por ciento de Oaxaca y dos por ciento del estado de Puebla, según el reporte del Programa Nacional de Jornaleros Agrícolas.

La Secretaria de Desarrollo Social de Morelos, Blanca Estela Almazo Rogel, informó que en el estado hay 20 albergues, 11 de ellos son privados y administrados por organizaciones gremiales y civiles; los nueve restantes son comunitarios y están bajo la responsabilidad de los ayuntamientos en municipios como Totolapan, Jantetelco, Cuautla, Yautepec, jojutla, Tepalcingo, Puente Ixtla, Jiutepec y Axochiapan.

La faena

Antes de encumbrar el sol los jornaleros ya se encuentran en los campos de caña de azúcar. Algunos consienten la plática otros de plano rehusan hablar y exhiben el hartazgo  de su actividad. “No tengo tiempo para platicar, déjeme trabajar”, dicen.

En estos campos del municipio de Yautepec, al oriente del estado, todos reflejan cansancio y por su frente escurren grandes perlas de sudor a cada corte de la vara dulce.

Cada hora es aprovechada porque, como dice Roberiano Ortega, “entre más trabajamos más ganamos”, y así lo hace desde hace casi 20 años por necesidad. “Aunque no me guste tengo que hacerlo porque tengo que comer, ahorita me mandaron caldo de pollo con un refresco pero este también se paga”, afirma.

Explica que con los 300 pesos que deposita para sus familiares que viven en Patlicha, una localidad del municipio de Copanatoyac, estado de Guerrero, apenas alcanza para sobrevivir.

“En el pueblo el trabajo es la siembra del maíz y frijol no hay más, hay para comer pero no para comprar otras cosas o para las cosas que necesitan mis hijos. No dejo este trabajo porque en otro lugar me piden papeles de estudios que no tengo”, expone.

Marciano Peralta Álvarez, de 31 años de edad, también se dedica al corte de caña pero es uno de los trabajadores que gana menos.

Es  originario de Tlapa, Guerrero, y al día junta casi 20 montones de caña con 200 varas cada uno y por montón recibe cuatro pesos, así que por día gana 80 pesos.

“80 pesos al día no alcanzan para nada porque me compro un refresco y un pan y gasto 20 pesos, me sobran 60 y no me alcanza para otra cosa pero no hay otro trabajo y aquí ya me acostumbré”, dijo.

Su jornada empieza a las 5:00  y termina a las 19:00 horas o “hasta que el cuerpo aguante porque si trabajo más, gano más y puedo comprar más cosas”. En su pueblo se dedican a la siembra del maíz y frijol sólo como medio de subsistencia.

Todos los días acude desde temprano a los campos de caña con una gorra y un machete en mano, pero al término de la semana recibe 500 pesos por su trabajo, en promedio. “Y eso que no tengo hijos, ahora que si tuviera menos me alcanzaría”, dice y sonríe.

Domingo Saldaño tiene 51 años y no deja el quehacer de la caña pues mantiene a su esposa María Aparicio y a sus 10 hijos. Viene de Huitziltepec una comunidad indígena en el estado de Guerrero. “Me gusta mi pueblo, es otro clima, pero allá no gano nada. Si hay para comer pero no para comprar otras cosas y con lo poco que se gana aquí podemos hacer más”, añadió.

La Abeja Cocoyoc

Este albergue es una casa grande y sus moradores más pequeños juegan a esconderse detrás de las puertas para ser descubiertos por alguien. Sonríen sin ninguna preocupación, juegan en una resbaladilla mientras su mamá prepara el almuerzo.

El albergue ofrece a las familias dormitorios, lavaderos, cocina, comedor, baños y escuelas-guardería, primaria y secundaria. Aquí hay un maestro que atiende a los niños en nivel primaria

En este lugar viven 12 familias y 62 cortadores de caña. Es una casa en cuyo patio deambula un burro y dos gallinas.

En el primer piso viven familias completas, para la comodidad de los niños, dice Virginia Saldaña Aparicio, una mujer que se queda en casa a cuidar de sus cuatro hijos mientras el jefe de familia se va a los campos de caña de azúcar.

En cada habitación viven 10 personas aproximadamente y en el interior hay una litera donde duermen dos o cuatro niños mientras que los adultos descansan en petates porque no hay más colchones.

Virginia tiene 31 años y cuatro hijos de con 16, 13, tres y dos años de edad. Ya no estudian porque no les gustó y su esposo Domingo Ramírez Castro corta caña para ganar 800 pesos.

Su ropa la guarda en cajas de cartón y los pocos trastes que tienen los depositan en una cubeta para que el polvo no los ensucie. Sobre una mesa están sus alimentos: jitomates, chiles, cebollas y cuatro tapas con huevo.

Atrás de las habitaciones huele a comida, son frijoles fritos, queso en salsa roja o el fuerte olor a hierbabuena en la olla del caldo de res. “Es hierbabuena de mi pueblo por eso está fuerte, la de aquí casi no tiene olor”, dice Delfina Sánchez, otra mujer que cuida del “hogar”.

Esta apurada con la comida para su esposo mientras una niña vigila las tortillas en el comal. Horas después llevarían la comida al jefe de familia.

¿Tienen mejor vida en el albergue o en su pueblo?

“Aquí todo está más caro pero hay trabajo y allá no. Si tenemos para comer pero no para comprar zapatos o ropa para los niños”, lamentó.

Su esposo Mauro Morales, se dedica al corte de caña gana un promedio de 600 y 800  pesos a la semana, eso debe alcanzar para ahorrar, comer y para comprar las cosas que se necesiten.

Mano de obra

La Secretaría de Desarrollo Social de Morelos informó que cada año llegan unas 500 familias (alrededor de 2 mil personas) a trabajar en labores agrícolas. Unos 3 mil jornaleros llegan solo y los albergues oficiales tienen una capacidad para recibir a unas 4,500 personas.

Las autoridades estiman que unos 500 jornaleros llegan sin ningún tipo de registro ante las autoridades; el 76% de los 5 mil jornaleros se alojan en albergues y el 24% restante se distribuye en viviendas aledañas a las zonas de cosechas.

De acuerdo con Blanca Almazo Rogel, titular de las Sedeso en Morelos, los principales cultivos donde trabajan los jornaleros son caña de azúcar, jitomate, tomate, otra o angú, ejote, maíz y calabaza.

Los servicios que ofrece la Sedeso son dormitorios, cocinas comunitarias, baños, escuelas, áreas de usos múltiples, área para la venta de alimentos, lavaderos, unidad de salud y unidad administrativa.

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